Hablamos mucho de liderazgo.
En las empresas, en los equipos, en la política, en la sociedad.
Pero rara vez miramos el liderazgo ausente en cada uno de nosotros.
Ese liderazgo que falla cuando me quejo constantemente de lo que ocurre fuera, pero soy incapaz de mirar al otro en lo cotidiano. Cuando exijo conciencia, respeto o responsabilidad colectiva, pero no pongo un intermitente al cambiar de carril. Cuando critico la falta de previsión ajena, pero no llevo las ruedas de mi coche en condiciones y luego me sorprendo de que patinen los días de nieve. Cuando quiero encontrar espacios limpios, pero no dejo limpio el lugar que ocupo.
Nos resulta fácil señalar, exigir y reclamar.
Más difícil es hacernos cargo de lo pequeño, de lo básico, de lo que parece insignificante pero sostiene la convivencia.
El liderazgo no empieza en un cargo, ni en una posición de poder, ni en un discurso bien construido. Empieza en los gestos diarios, en las decisiones que tomamos cuando nadie nos observa, en cómo habitamos los espacios comunes y cómo tenemos en cuenta al otro.
Vivir en comunidad no es una idea bonita. Es una práctica constante. Es asumir que lo común también es responsabilidad individual, y que cada pequeño acto suma… o resta.
Quizá el liderazgo que más necesitamos hoy no es el que dirige a otros, sino el que nos ordena por dentro, el que nos invita a la coherencia entre lo que pedimos y lo que hacemos.
Y la pregunta es inevitable:
¿Qué tipo de liderazgo estoy ejerciendo yo, hoy, en lo más pequeño de mi día a día?